Hoy me ha emocionado especialmente la Contra de la Vanguardia. Como sabréis, mi madre murió de un tumor cerebral. Este tipo de tumores son los más dolorosos después de los de páncreas.

A pesar de que en paliativos nos habían recetado fuertes analgésicos a medida que la enfermedad avanzaba, mi madre sólo necesitó tres ibuprofenos en esos cinco meses que duró la enfermedad antes de que muriera. Y falleció en casa sin ningún tipo de sedación. 

Lo he hablado con varios doctores especializados en medicina integrativa y todos me han dicho lo mismo: una parte del dolor es física y la otra es emocional.

De ahí, deduje yo, que si nos damos un fuerte golpe no nos duela igual si nos acaban de echar del trabajo que si el chico que nos gusta nos pide para salir.

Me ha parecido especialmente interesante esto que dice en la entrevista de “Por eso es tan necesario que los médicos tengan tiempo para hablar con los pacientes y reflexionar sobre estos temas. Necesitamos emocionólogos.” Y no podría estar más de acuerdo: somos lo que comemos, pero también somos lo que sentimos.

Hemos aparcado las emociones en un descampado y vamos por la vida con el corazón escondido y una armadura  cubriéndonos la piel.

Cuándo estés contento ríe, celebra, canta, baila. Y cuándo estés triste y necesites un recogimiento, llora, acurrúcate en la cama o en el sofá, busca un abrazo amigo, date un baño caliente o haz lo que te pida el cuerpo. Pero deja salir esas emociones. No te las quedes dentro.

Podréis leer la contra entera en este enlace: http://www.lavanguardia.com/lacontra/20170210/414205509976/hay-que-aplaudir-cuando-alguien-llora-cuando-alguien-siente.html