Al cabo de poco tiempo de saber que mi madre sufría cáncer, a mi tía le tocó ir a la revisión del cáncer de colon que le habían diagnosticado apenas 8 meses antes. A ella se lo encontraron a tiempo y no fue necesario hacer quimio ni radioterapia. Lo tenía muy localizado y le pudieron extirpar el tumor.

Durante la revisión le preguntó a su oncóloga si se sabía algo del incremento de casos de cáncer, si había alguna causa a la que pudiera achacarse. Su oncóloga se echó para adelante en la mesa que les separaba y le dijo “no hay evidencia científica al respecto… pero se rumorea que nos echan algo en la comida”.

Recuerdo que mi tía me contó esta conversación un día que vino a visitar a mi madre enferma. En ese momento me aguanté la risa. Pero hoy ya no me río.

No es sólo lo que nos echan en la comida (pesticidas, colorantes, conservantes, glutamato sódico, azúcar blanco esondido etc. ) si no lo que nos quitan de la comida. Tal y como se cultiva la fruta y la verdura actualmente (sin barbecho, sin abonos naturales procedentes de heces de animales, arrancándolas del suelo mese antes de que lleguen a nuestra mesa, madurándolas en cámaras) no obtenemos de ellos los mismos nutrientes. Según un estudio, en los años 50 una ración de brócoli nos aportaba la más de la CDR de vitamina A. Actualmente necesitamos más de dos raciones para obtener la misma cantidad de vitamina A. En este enlace encontraréis una comparativa de la pérdida de nutrientes de las frutas y los vegetales de 1972 hasta 1999. De la carne y el pescado no os voy a hablar por qué no quiero amargaros el día. Pero si queréis información al respecto podéis leer este interesante artículo publicado en “The Guardian“.

Entonces, ¿qué os parece que ocurre en nuestro organismo cuándo dejamos de recibir los nutrientes que necesitamos a diario? Pues que se pone en marcha el plan B. Y si el plan B falla se pone en marcha el C y así hasta llegar al plan ZZZZZZ. Pero llega un punto en que el organismo empieza a sufrir de verdad de estas carencias y nos aparecen pequeñas molestias: dolores varios, cansancio, reglas irregulares, problemas para conciliar el sueño y dormir del tirón o infecciones varias de forma repetida entre otras cosas son solo una señal de alarma de que algo no funciona bien. Y luego, con los años, aparecen dolencias mayores.

Y si a esta deficiencia de nutrientes le sumas vivir en un entorno con altos niveles de contaminación, en el que la mayoría no hacemos deporte, en el que no estamos tanto rato al exterior y en el que no gestionamos bien las emociones, el proceso se acelera y nos encontramos con epidemia de cáncer, muchos más casos y más tempranos de alzhéimer y parkinson, esclerosis múltiples y un incremento notable también de las enfermedades auto-inmunes.

Pero ojo, no os tiréis a comprar suplementos nutricionales sin antes consultar con un profesional de la salud para os recete el que realmente necesitáis. Además, os aconsejo de que os aseguréis de que los que tomáis son 100% de origen vegetal y libres de tóxicos. Hay pocas marcas en el mercado que vendan suplementos nutricionales que cumplan estos dos requisitos.

Ya para terminar sólo recordaros que según la Organización Mundial de la Salud uno de cada tres cánceres se podría evitar si siguiéramos unos hábitos de vida más saludables: alimentación equilibrada, rica en verduras, hortalizas, fruta, legumbres y baja en proteína de origen animal; practicar deporte de forma regular y procurar vivir lo más libre de tóxicos posible (no alcohol ni tabaco entre otros). Algunas voces apuntan también a que dormir entre 7 y 9 horas de calidad por la noche nos ayudaría a estar más saludables y que contar con un entorno que nos apoye y que nos demuestre que nos ama también.

Pero el cáncer no es la única enfermedad que se puede evitar con unos hábitos de vida más saludables. Los hábitos de vida saludables nos ayudan a gozar de mejor salud. Y la clave está en tus manos, ya que estar sano depende de ti.

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