El 13 de septiembre de 2008 falleció mi padre. Le diagnosticaron un cáncer linfático en mayo de 2007. Tras varias sesiones de quimioterapia y una hospitalización a causa de una severa bajada de defensas, en noviembre de ese año le dijeron que estaba limpio.

En Junio de 2008 le diagnosticaron de nuevo cáncer. Una recidiva con metástasis en las meninges. Cáncer linfático de nuevo más tumor cerebral. Falleció apenas tres meses después -sin pelo y muy delgado- a causa de un derrame cerebral provocado por la quimioterapia experimental que le administraban en las cervicales.

Y ahí me enfadé. Mucho. Me enfadé con la quimioterapia que tenía que curarle y en lugar de eso le había causado la muerte. Me enfadé con el doctor que lo llevaba por no haberle salvado la vida. Me enfadé con la industria farmacéutica por no haber avanzado lo suficiente para curar a mi padre.

Pero sobretodo me enfadé con mi padre. Me enfadé con él por qué había sido un cobarde. Había tirado la toalla. Había perdido. Y me había dejado a mi con el corazón lleno de proyectos que habíamos hablado y que ya nunca podríamos llevar a cabo. Ya no vendría a mi casa a probar las croquetas que acababa de aprender a cocinar. Ya no podría enseñar a mis hijas a ir en bicicleta. Ya no podríamos volver a su restaurante favorito. Ya no se volvería a reír calladamente mientras me pellizcaba la nariz cuando le contaba algo sorprendente que me había pasado.

Me enfadé tanto que pasé varios años echándole de mis sueños cada vez que él aparecía. Le gritaba “¡fuera!¡vete!” ante la atónita mirada del resto de mi familia reunida y feliz de nuevo.

Y no fue hasta que mi madre enfermó que entendí el por qué de su enfermedad y el por qué de su muerte temprana; temprana a mi parecer, claro. Y al entender le pude perdonar. Y al perdonar le recibí de nuevo en mi sueño, con su tripa, su pelo grisáceo y su toalla enrollada alrededor de la cintura recién salido de la ducha.

Entendí y aprendí. Aprendí que el cáncer no es una lotería. Que la muerte no llega por qué sí. Que todo tiene un motivo y que así como las cosas vienen es como más convienen.

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