Hoy, aprovechando un festivo local, hemos ido a esquiar.  Bajábamos por una pista cuando, en una pausa, mi marido me ha dicho “siente la nieve”.

Esto es lo que le decía a él el primer profesor de esquí que tuvo. “Siente la nieve”.

Y he terminado de bajar esa pista pensando en cuánta razón tenía aquel monitor que le instruyó hace apenas dos años.

A menudo vamos de un sitio para el otro estresados, cual pollo sin cabeza. De casa al trabajo. Del trabajo al súper. Del súper a casa. Y de vuelta al trabajo. Nos pasan los días, las semanas, los meses y los años. Y, de vez en cuando, conectamos con nosotros para mirar atrás y darnos cuenta de todo lo que ha pasado, de todo lo que hemos vivido y tenemos la sensación de no haber estado suficientemente allí.

Pero la vida no es eso. La vida se trata de sentir. Sentir la nieve cuando esquiamos. Sentir la comida cuando comemos. Sentir el amor cuando nos dan un abrazo. Sentir el agua sobre nuestra piel en la ducha. Sentir la risa cuándo nos reímos. Sentir las emociones cuando nos las comparten. Sentir el viento frío en la cara en invierno. Y sentir el sol en verano. Sentir el hueco de la tristeza. Y el cosquilleo de la felicidad. Sentir. Sentir. Sentir.