Como sabrás, fue a raíz de la enfermedad de mi madre que puse en marcha la Asociación de Oncología Integrativa. Esta entidad difunde las terapias complementarias y otras medicinas con base científica que mejoran la calidad de vida de los pacientes con cáncer.

Hoy, 9 de marzo, hace cinco años que le diagnosticaron a mi madre un Glioblastoma multiforme estadio IV. Es el tipo de tumor cerebral más agresivo y en un estado muy avanzado. Le dieron 3 meses de vida.

El tumor estaba ubicado en la parte inferior del cerebro y no era operable. La única opción de tratamiento que tenía era paliativo y le hubiera alargado la vida hasta un año y medio con pérdida de visión, pérdida de movilidad y pérdida de control de esfínteres.

Mis hermanas y yo, que queríamos mucho a nuestra madre, decidimos contarle la verdad. Bueno, casi toda. Le contamos que tenía un tumor cerebral y le preguntamos si quería hacer tratamiento. Nos dijo que no: el cáncer linfático de mi padre había hecho metástasis cerebral; lo mismo que el cáncer de mama de nuestra tía, su cuñada. Y su tía también tuvo un tumor cerebral cuando nosotras éramos pequeñas. Ella sabía lo agresivos que eran esos tratamientos y no quería pasar por ellos.

Aceptamos su decisión y le preguntamos si nos dejaba buscar alternativas. Nos dijo que sí. Y ahí empezó un periplo por médicos cualificados; médicos no tan cualificados y personas que se hacían llamar médicos sin serlo. También visitamos a tres nutricionistas, para asegurarnos que la dieta que nos había dado la primera era correcta. Trajimos un acupuntor a casa. Intentamos que aprendiera a meditar. Le dimos leche de yegua. Tomaba un licuado de remolacha, apio, zanahoria y manzana en ayunas por la mañana. La sacábamos a andar por la mañana y por la tarde para que hiciera ejercicio y el sol le proporcionara vitamina D. La llevamos a hacer hidroterapia de colon. Le aplicamos vitamina C por vía endovenosa. La llevamos a la consulta de una kinesiologa. Le dimos guanábana. Estuvo tomando agua con zumo de limón y bicarbonato tres veces al día durante casi dos semanas y le medíamos el PH de la orina. Probamos los tratamientos de los doctores Banerji. Le dimos flores de Bach. Y, al final de sus días, una maestra de Reiki vino a casa para relajarla.

Con todo este trajín mis dos hermanas dejaron su trabajo como autónomas para cuidar a mamá de lunes a viernes. Yo, que vivía a cien kilómetros de distancia y trabajaba por cuenta ajena, pasaba con ella los fines de semana.

Y con tanto médico y tanto terapeuta os podéis imaginar la cantidad de pastillas que llegamos a acumular. Llegamos al punto de utilizar como pastillero una caja de esas que se utilizan para guardar tornillos. Era de mi padre y estaba todavía sin estrenar. Además nos iba ideal: tenía 4 filas (desayuno, comida, merienda y cena) y siete columnas (de lunes a domingo). Recuerdo que cuando terminamos de distribuir las pastillas nos miramos y dijimos. “¿no serán muchas?”. “¡No!” respondimos al unísono. No sabíamos cuál quitar. ¡A ver si quitábamos la que iba a salvarla!

Y llegó el día que dijo basta. Cuándo le acercábamos el platito con las pastillas, nos miraba y sin decir nada lo apartaba con la mano. Esto provocó que tampoco se tomara los corticoides y al cabo de poco dejó de hablar y de andar. Pensábamos llegaba que el final. Mi hermana me llamó al trabajo para decirme que mamá había dejado de hablar y que la veía mal. Me pidió que fuera a casa. Mamá se estaba muriendo. Asustada me tragué los 100 kilómetros que separan Barcelona de Girona, con el corazón en un puño. Y cuándo llegué a casa y la ví sentada en el sofá, con cara de miedo pero con un color de piel normal dí gracias a Dios por que seguía viva. Por qué podía darle un beso que ella notaría. Por qué podría tocarle la mano. Por qué podría abrazarla. Por qué todavía podría contarle cosas que no sabía muy bien si entendía o no. Pero su corazón aún latía.

No entendíamos qué estaba pasando y decidimos llamar a Carol, una amiga mía doctora en medicina interna en el Hospital Trueta de Girona. Ella vino rauda y veloz, con su tripa de 7 meses a echarnos un cable. Nos pidió quedarse a solas con mi madre y al cabo de un rato salió. “No quiere más pastillas”, nos dijo “pero he conseguido que acepte tomar los corticoides”. Esto fue un miércoles. El sábado por la mañana volvió a hablar. Me dio los buenos días con voz ronca.

Aprovechando que hablaba me armé de valor y le pregunté si quería vivir. “Sí” me contestó toda seria. “He descubierto cuál es mi misión en esta vida” dijo. “¿Ah sí? ¿Cuál es?” le pregunté con el corazón en un puño y lágrimas en los ojos pensando que se había obrado un milagro. “Enseñar a bailar a mis consuegras. ¡Bailan fatal!” Ahí tuve que salir de la habitación para no reír delante de ella.

Y siguió avanzando lenta con paso firme y seguro hacia lo inevitable. Al cabo de unas semanas dejó de hablar, a pesar de seguir tomando los corticoides. Y al cabo de poco dejó de andar. Y luego dejó de poder comer por sí sola. Mi madre recorría el camino inverso al que estaba haciendo mi hija pequeña: cuando a ella le diagnosticaron el cáncer mi hija tenía 4 meses recién cumplidos. Y cuándo mi madre llegó al punto de no hablar, no andar y no poder comer sola mi hija decía tres palabras (no, agua y arroz), empezaba a gatear y con sus manos regordetas se metía trozos de fruta y verdura a la boca.

El día que dejó de sonreír. El día que ya no se rió más con aquella risa queda del final, una risa algo cansada, una risa de un amor que se le quedaba trabado en la garganta. El día que su cara dejó de tener expresión. El día que pareció no sentir alegría ni tristeza, ni frío ni calor… El día que esa mano, la única parte de su cuerpo que todavía movía, esa mano que de vez en cuando subía hasta tocarse la nariz, solo alcanzaba a tocarse el pecho… Ese día… Ese día supe que ya no había vuelta atrás.

Fue el 29 de julio, día de Santa Marta, que al final llegó el final. Se durmió a media tarde y siguió durmiendo hasta la mañana siguiente. Fui a verla en varias ocasiones. Me acosté a su lado esperando a ver si se despertaba, pero nada. Le preparé la cena, pero quedó intacta. Ella dormía y dormía. Y el lunes 30 de julio, cuándo entré a su habitación seguía durmiendo. Pero la vi cambiada: tenía los pómulos marcados y la nariz afilada. Dos señales inequívocas de que su muerte estaba cerca.

Y ante esta cruda realidad, con una madre que se nos escapaba de las manos como agua fresca de río, seguimos haciendo durante una semana lo que habíamos hecho los últimos cinco meses pero con más intensidad si cabe: darle todo nuestro amor. No la dejamos sola ni un momento. Estábamos con ella, le hablábamos, hacíamos plegaria, meditábamos, le acariciábamos la mano, dormíamos con ella por la noche… Hicimos todo lo que estaba en nuestras manos. A pesar de que ella dormía (más bien estaba inconsciente) le seguíamos confortando, dándole nuestro amor para que se fuera en paz. Tuvimos la gran suerte de poder contar con el apoyo de Nuri, una amiga suya muy espiritual que nos acompañó durante aquellos 6 días tan tiernos como terribles.

El sábado 4 de agosto cuando me desperté oí que respiraba muy lentamente. Muy cansada. Tenía una respiración un poco “yóguica”: tomaba aire (y me alcanzaba a contar hasta cuatro), retenía el aire (y me alcanzaba a contar hasta cuatro) y soltaba el aire (y me alcanzaba a contar hasta cuatro). Y vuelta a empezar.

Me senté en la cama, a su lado y ya no me separé de ella. La miraba respirar como quien mira un grifo que gotea, esperando que cada gota que cae sea la última. Mi hermana pequeña se había ido a llevar a Nuri a su casa a buscar ropa limpia y mi hermana mayor estaba con su marido, que acababa de regresar de viaje.

Llevaba varias horas allí sentada, mirándola, acariciándole la mano cuándo de repente me oí decir a mi misma “Mamá, gracias por todo lo que nos has dado. No hace falta que sufras más. No esperes más. Sé que tienes miedo. Pero también sé que papá y los abuelos te están esperando al otro lado. Y sé que les puedes ver. Mira, vamos a hacer una cosa: yo te agarro la mano aquí muy fuerte y tú extiende la otra mano. Ellos te la tomarán al otro lado.” Tomó aire. Lo retuvo. Lo soltó. Y ya no volvió a respirar.

Se fue en paz, cómo una grácil mariposa.

 

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