Esta tarde, después de recoger a mis hijas en el cole, hemos ido un rato al parque.

Las miraba jugar corriendo de un lado para otro, montándose en el columpio, bajando por el tobogán, hablando con sus amigas, riéndose a pulmón lleno, viniendo a decirme cosas irrelevantes por tenerme cerca y para sentirme cerca.

Hacía una tarde preciosa, con uno de esos últimos soles de invierno que calientan más que algunos soles de primavera.

Y ha sido entonces cuando me he dado cuenta del lujo del que estaba disfrutando: estaba en plena naturaleza, disfrutando de una maravillosa tarde, viendo como mis hijas disfrutan de la vida.

Un lujo no pueden disfrutar muchas madres. Un lujo que, para las que lo disfrutamos, dura demasiado poco. Los críos crecen rápido. Y dentro de nada ya no habrá tardes en la naturaleza ni conversaciones banales a pie de tobogán.

La vida está llena de pequeños lujos: los días soleados, las flores del campo, un café calentita, una sonrisa cómplice, un encuentro con amigos, un “algo” que llevarse al estómago cuando este ruge hambriento. Pequeños lujos que no valoramos.

Vive el momento. Por qué la vida es hoy. La vida es ahora.

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