Hace unos días fue mi cumpleaños. Mis perfiles en redes sociales y mi WhatsApp bullía en mensajes de felicitación. Pero en todo el día no recibí más que cinco llamadas.  Una de ellas muy cachondo la verdad, ya que mi amigo me puse de fondo la canción “Cumpleaños feliz” del grupo llamado Parchís. Es la canción con la que sople las velas durante toda mi infancia y parte de mi adolescencia. Me transportó aquellos momentos felices de mi pasado.

Hace varios meses una mamá de la escuela de mis hijas se quejaba en el parque: “con tantas redes sociales y tanta historia al final ya no te llama nadie por tu cumpleaños”.
No hay nada como el calor humano. Como la risa al unísono.

Y no le faltaba razón. Pero es que básicamente nos llamamos poco. La redes sociales y el WhatsApp han sustituido al calor humano que nos daba la llamada. Por citamos nuestra red en Facebook y así mantenemos a nuestros amigos informados. Ellos pulsan el me gusta y es como una alegría o una aprobación en diferido.

Y entre me gusta y me gusta mandamos de vez en cuando algún mensaje por WhatsApp “hola, cómo estás?”. Y así empieza una conversación que tiende a ser bastante superficial. Porque si realmente algo te preocupa, lo vas a contar por WhatsApp? No creo.

En cambio, en una llamada telefónica se desvelan cosas que a veces no contamos. Por el tono de voz podemos saber si esa persona querida está realmente bien o no lo está.

No hay nada como el consuelo de una voz amiga.

No hay nada como sentirse apoyado en un momento difícil, sentir que alguien se preocupa por nosotros cuando parece que la vida nos da la espalda. Ese arropamiento es vital.

No hay nada como una risa compartida por teléfono. Es mucho más poderosa que el ja ja ja o el emoticono de risa a carcajadas de WhatsApp.

No hay nada como el calor humano, aunque sea al otro lado de la línea telefónica y esté a cientos de kilómetros de distancia.

Por eso te digo… Déjate de redes sociales y de WhatsApp. La próxima vez que quieras saber de un ser querido coge el teléfono y llama.

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