Ya empezó agosto y con el llegaron las vacaciones de verano. Estamos en la casa que tenían mis padres en la Costa Brava y que, al fallecer, conservamos las tres hermanas.

Después de desayunar me he puesto a preparar unos ricos helados de mora con leche de coco. Siempre le añado un poco de endulzante ya que, al congelarse, la mezcla pierde dulzor. Y, al buscar el sirope de ágave sin refinar, me he topado con un bote de miel que había comprado mi padre.

El próximo 13 de septiembre hará 9 años que falleció. Y al encontrar el bote (el que aparece en la imagen de este post), me he reunido de nuevo con él.

Con él y con su sonrisa.

Con sus suaves palmaditas en la mejilla y su mirada de aprobación cuándo le contaba algo que le hacía sentirse orgulloso.

He vuelto a verle en la mesa comiendo, en el coche conduciendo, en la calle viniendo hacia mi con paso vigoroso con su cartera colgada del hombro.

Sudado con las mangas de la camisa remangada y las manos sucias de tierra trabajando en el jardín.

Con la cocorota (la calva) llena de crema solar mientras hacía sudokus al sol en la playa.

He vuelto a oír su voz haciendo crónicas del acontecimiento mientras grababa vídeos familiares. La misma voz alegre que sonaba al otro lado de la línea telefónica y la voz algo contrariada que dejaba siempre el mismo mensaje en el contestador. “Míriam, soy papá. Llámame cuándo puedas”.

Y me he dado cuenta de lo vivo que sigue en mi a pesar de los 9 años que lleva ausente y de que es cierto aquello que dicen de que nadie muere mientras haya alguien que lo recuerde.