Navidad es época de reuniones familiares y de comilonas. Eso ya lo sabes. Lo que seguramente no sepas es que tu cerebro puede crear un vínculo entre una emoción (tanto negativa como positiva) con una comida concreta.

Pero cuando hablamos de comida emocional nos referimos a aquella a la que hemos vinculado una emoción positiva. Un ejemplo: el vaso de leche calentita. No somos conscientes, pero a la leche calentita nos une una emoción muy fuerte: el recuerdo de la seguridad que nos ofrecía el tierno abrazo de nuestra madre, la calidez de su pecho, la tranquilidad que envolvía ese momento, mientras nos amamantaba.

Tomarnos un vaso de leche calentita (también puede ser bebida vegetal) nos devuelve inconscientemente a ese momento. Y a pesar de que no nos acordamos, ya que éramos muy pequeños, nuestro cerebro activa la misma red de conexiones neuronales que se nos activó en ese momento y reconectamos con esa emoción.

Este vínculo lo puedes tener con cualquier comida. Tengo un amigo vegetariano que no puede resistirse a los torreznos. Me contó una vez que al comerse un torrezno se transportaba a la cocina de la casa de sus abuelos, en un pueblo de pocos habitantes, donde el fuego estaba siempre encendido y había una olla al fuego a todas horas.

A mi me pasa lo mismo con el caldo de pollo. Lo tengo asociado a tantos momentos felices de mi vida que no me conecta con ningún momento en particular pero si me activa un gustirrinin enorme.

Y tú, tienes alguna comida emocional?

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